El problema las permanentes noticias de muerte

«Entre la muerte y el amor, prefiero el amor»
Jorge Amado

 

En momentos de crisis pandémica, como los que suceden en la actualidad, la muerte se acerca a cada uno de nosotros. Se presentifica y concientiza algo que ya sabemos, pero cancelamos en lo diario, que es la conciencia de finitud.

 

Guerras, epidemias y hambrunas son momentos donde la muerte se instala en lo cotidiano. Su presencia  nos acecha a diario con gente conocida; que ha muerto, enfermado o se encuentra en riesgo. El gran filósofo José Pablo Feinmann planteó en un artículo titulado “Maldita Muerte” que “cada pérdida nos abruma porque en la muerte del otro descubrimos o ratificamos nuestro propio fin. Somos radical, inapelablemente finitos”.

La presencia consciente de la muerte que en un solipsismo suspendemos en lo cotidiano, toma a veces prioridad ante crisis sociales como las que vivimos.

El cansancio y la factibilidad de entender lo frágil de la vida ha puesto en jaque la toma de decisiones que se genera ante el contacto permanente con el número de muertos que los medios y las redes nos muestran diariamente.

La muerte es considerada como la terminación del ciclo vital de todo ser biológico. El desarrollo del sistema nervioso en el humano, sin embargo, ha generado la posibilidad de tomar conciencia del tiempo, del espacio y de quienes somos en el sentido más complejo, lo que se llama metacognición. Esta evolución nos ha permitido tomar conocimiento de que somos seres finitos. Es decir, quizá la única especie biológica que sabe conscientemente que va a morir. Detentamos así la capacidad metacognitiva de conocer que vamos a morir.

 

Los seres humanos poseemos la capacidad de pensarnos a nosotros mismos, la cual se trabaja desde la introspección a través de la concientización y evaluación de nuestros actos y de su posterior corrección. Esta actividad que enjuicia nuestros propios actos se denomina “metacognición”.

 

Stephen Fleming y su grupo del Centro de neuroimágenes del Colegio Universitario de Londres describen la importancia del lóbulo prefontal en el autoconocimiento. Esta gran estructura cerebral, muy desarrollada evolutivamente en el Homo sapiens,  termina de madurar en la tercera década de la vida humana. La mejor funcionalidad autoevaluativa tiene correlato con el volumen frontal (anterior), fundamentalmente a expensas del tamaño del cuerpo de las neuronas pero también por un aumento de las conexiones de las mismas. Por otro lado, se ha observado que personas que tienen lesiones cerebrales frontales disminuyen fuertemente su metacognición y probablemente su evolución consciente de la muerte.

 

La capacidad de juicio de nosotros mismos se observa alterada en enfermedades como la esquizofrenia, cuando la persona no se da cuenta que padece un trastorno de su percepción de la realidad. También en la enfermedad de Alzheimer, en la cual muchas veces los pacientes no reconocen la muerte como fenómeno de autoconciencia.

 

Conocerse y formular juicios sobre nuestro pensamiento es una función muy compleja. Requiere de nuestro cerebro maduro e indemne, pero además puede estimularse y aprenderse con el fin de conocerse y tomar las decisiones acertadas.

 

En la lucha implacable contra la muerte que establecemos a diario, el Covid-19 parece haber resignificado la motivación que la humanidad había dispuesto contra la finitud o la prolongación de la vida. Esta pandemia instala en la conciencia de las personas la información sobre esta parte del ciclo vital que es morir. Se pone en escena la permanente concientización de la posibilidad de finitud. En un formato globalizado, impredecible y de transmisión mediática que impacta de lleno en la vida y en el psiquismo de las poblaciones.

Con el paso del tiempo corremos el riesgo de la naturalización de la muerte, una habituación a la misma. Una especie de adaptación social, parangonable a la adpatación que sucede con nuestros receptores de la piel, cuando nos ponemos un pulóver y sentimos una importante picazón como respuesta de contacto pero que con el tiempo perdemos o aminoramos.

 

Otra alternativa es la angustia y estrés cronificado generando mayor sensibilización ante la muerte. La «sensibilización»aumenta la respuesta emocional ante cada noticia, comunicación oficial o información. Disparando muchas veces obsesiones, fobias, depresiones o directamente psicosis.

 

Existen muchas creencias sobre lo que sucede con nuestra conciencia en el momento de la muerte, aún excluyendo los criterios religiosos. Este es un momento eléctrico, químico y fisiológico pero también simbólico. Es el último potencial eléctrico del cerebro que destruye toda posibilidad de sobrevida. Activando un sistema de finalización del sistema consciente más complejo sobre la tierra, que es el cerebro humano. Por lo menos hasta que la inteligencia artificial nos supere, cuestión que en tema de conciencia todavía no ha sucedido.

Vivimos una microhistoria en una negación permanente de la muerte hasta que aparece. La presencia de la misma debe revalorizar cada momento, cada lugar.

 

Luis Ignacio Brusco
*Neurocientífico. Prof. Titular UBA. Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.