La guerra expone los instintos más primitivos

Ningún hombre es tan tonto para desear la guerra y no la paz; pues en la paz, los hijos llevan a sus padres a la tumba, y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba.                                                                                       Heródoto

Las guerras expresan los instintos más primitivos del homo sapiens. Al fin y al cabo expresamos a través de la violencia  las competencias de poder. Sea ganar una lucha territorial o tribal, un negocio o una creencia. La expresión final es «yo gane y tengo razón, es decir «tengo el poder».

La respuesta agresiva es una función adaptativa que hace a la supervivencia de los animales superiores y también del homo sapiens, es decir de nosotros.

Así, la especie humana desarrolló este proceso defensivo o cazador. Lo aplicótambién para la lucha territorial y la caza; aprendió a dominarlo e interpretarlo culturalmente.

El cerebro produce varios mecanismos instintivos de lucha. Pareciera ser que uno de ellos es la revancha, pseudojustificación racional motivada de las guerras. Podría ser un sentimiento que ha permitido sobrevivir a nuestra especie, organizando especialmente a los grupos gregarios, no sólo como defensa de otras especies, sino como estructuración de los sistemas grupales; que deben tener una ecología de sus integrantes.

Existe un instinto del hombre que lo lleva a la lucha y protección de sus crías y su nido: el instinto de combate; que también podría asociarse al de venganza. Es decir la búsqueda de equidad que buscan desde los animales más o menos desarrollados hasta los humanos.

Sin embargo esas son luchas individuales de supervivencia. Las defensas grupales y más aún las conquistas que buscan pueblos enteros, muchas veces son más complejos que la supervivencia de su estirpe, quedando muy lejos de este sentimiento primitivo.

La guerra es definida como la violencia planeada y organizada; diferente de la violencia individual  espontánea y con pocos contrincantes. La guerra entonces no es la acumulación individual de hechos violentos en  una comunidad; sino que tiene su propia lógica, como dice Jurg Helbling, etnólogo de la Universidad de Lucerna. Este investigador del tema ha estudiado grupos nómades pero arcaicos; donde no aparecen guerras sino solo eventos esporádicos y espasmódicos individuales.

Puede que el ser humano sea el único ser biológico que genere guerras. Pues si bien existen enfrentamientos entre animales, en ningún caso se plantean con la planificación, la masividad y el plazo necesario para considerarlo un acto bélico. Sino simples escaramuzas espontáneas e impulsivas, que disminuyen conflictos sexuales o territoriales en escala muy menor, que además podría definirse como una toma de decisión a corto plazo. Siendo la guerra una toma de decisión especialmente a largo plazo y planificada

Steven Pinker el reconocido psicólogo de la Universidad Harvard, especializado en este tema, plantea que la incursión de una estructura de control estatal como un Leviatán planteado por el filósofo Thomas Hobbes, sería uno de los factores controladores de la violencia. A pesar que las sociedades cazadoras recolectoras eran mucho más violentas que las sociedades actuales, pero a causa  de homicidios individuales. Pues las guerras requieren de estructuras de mando. 

Con el desarrollo cognitivo del homo sapiens se generaron capacidades inhibitorias de la acción violenta. Especialmente con el desarrollo del sector orbitario del lóbulo prefrontal, controlando al sistema límbico emocional. Parecería que la estructuración social, administrativa y comercial de las sociedades, con sus acuerdos sociales  facilitó esta inhibición y la disminución de conflictos intersubjetivos generando además una acumulación cultural con el tiempo.

Así se pudieron inhibir las necesidades de tomar de decisiones inmediatas, generalmente emocionales, a la espera de conseguir beneficios a largo plazo, menos violentas. Ganaron entonces las decisiones de largo plazo: con mayor componente racional que emocional. Pinker plantea además que habría habido una mejoría de la violencia en la sociedad al ocupar un rol más activo la mujer al partir de incorporar mayores derechos. Pues estadísticamente el hombre joven es un sujeto mucho más violento. Así la contención del hombre, con los procesos de pareja, familia y la paternidad bajan la cantidad de tetosterona y la posibilidad agresiva asociada al género y a esta hormona.

La guerra es definida como la violencia planeada y organizada; diferente a la violencia individual espontánea y con pocos contrincantes. La guerra entonces no es la acumulación individual de hechos violentes en una comunidad; sino que tiene su propia lógica, como dice Jurg Helbling, etnólogo de la Universidad de Lucerna. Este investigador del tema ha estudiado además otros grupos nómades pero arcaicos; donde no aparecen guerras sino solo eventos esporádicos y espasmódicos individuales.

Diferencias por el territorio (propiedad),  creencias (religiosidad) o de pertenencia grupal (nacionalismo, club de fútbol, tipo de deporte, etc.) pueden ser evocadas, como instancias que generan identificación tribal, generando tomas de decisiones alteradas,  muchas veces injustas y/o violentas o denotando ideas y sentimientos incoercibles, pudiendo llevar a guerras o su sublimación: una competencia deportiva o por algún premio.

Dice el investigador David Chester de Virginia Commonwealth University que la venganza es en cierto modo un subtipo de agresión, por lo tanto no es solo un sentir, como parecería, sino que puede llevar a la acción. La recompensa es un combustible necesario para que se genere la revancha. La que motiva y a la vez permite justificar los actos vengativos como reacción.  .

David Chester: observa que no sólo se utiliza la venganza para satisfacción ante una injusticia, sino que pareciera que este instinto puede dispararse como fenómeno puramente placentero en el humano, algo realmente problemático. La justicia en la sociedad actual puede ser la sublimación de la revancha, pero se debe considerar que son sentimientos complejos del homo sapiens; pudiendo convertirse en acciones muy graves, satisfaciendo los instintos más crueles de nuestra especie. El ser humano presenta un campo de lucha permanentemente entre el altruismo y su instinto violento. Depende de quien gane, se priorizará el control social o la agresión hacia los otros.

Para justificar eventos de violencia las personas suelen utilizar en el “razonamiento motivado”, que podría asemejarse al funcionamiento de los sistemas de creencias. Es decir, ideas que tienen algo de razón pero que contienen componentes emocionales como la identificación partidaria, religiosa o de otro tipo de cuestiones como la política, el deporte o la ecología. Los sistemas de creencias producen la expectativa de confianza, impactan sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea, es decir, creer en algo o en lo contrario, la idea negativa. Por ejemplo, no creer que un medicamento será efectivo. 

Aparece entonces un “sesgo partidista”, que sería como una desviación cognitiva hacia el grupo con el que identifica la persona. Existe en consecuencia lo que los estudiosos del tema llama  un “sesgo de confirmación”, con una tendencia a interpretar las propias expectativas y que refiere a la propia ideología, como plantea la investigadora Michela Del Vicario

Las guerras expresan el quiebre de la capacidad de «cooperación flexible» propuesto por el historiador Yuval Harari. Se perderá la capacidad de soportar al diferente. Implica así la pérdida del diálogo y la incapacidad para tolerar lo gregario a niveles extremos.

Ignacio Brusco
Neuropsiquiatra y doctor en Filosofía. Prof. Titular  UBA.