«Un corazón es una riqueza que no se vende ni se compra, pero que se regala»
Gustave Flaubert
Una de las relaciones más estudiadas pero a la vez con conclusiones más confusas es la relación entre el cerebro y el amor. Para desarrollar este tema podemos partir de dos preguntas básicas: la primera «¿a qué se llama amor desde el punto de vista de la neurociencia?»; y, la segunda, «¿qué relación tiene el amor con el instinto básico de supervivencia, el cual deriva en la sexualidad y la reproducción?».
La relación amor-sexualidad se complejiza profundamente en los seres humanos respecto a otros animales. En los más primitivos es notoria una sexualidad relacionada exclusivamente con la función reproductiva, pero en formas más desarrolladas, como en los monos, pueden observarse procesos afectivos no tan rudimentarios (por ejemplo enfrentamientos entre machos para liderar el manejo de un grupo). Una de las una estructuras que se asocia corrientemente con la emoción es el núcleo amigdalino, que es un conjunto de neuronas primitivas que se encuentran debajo de la corteza desde el punto de vista evolutivo. Esta estructura es conocida por la relación con la memoria afectiva pero también con el descubrimiento de lo desconocido, pues esto último es lo que nos produce el estado de alerta y activación de los sistemas adrenérgicos (que conlleva un aumento de la frecuencia cardíaca y de la respiración), así como un incremento de la sangre enviada a nuestros músculos. Esto nos proporciona una preparación para la lucha, y en un eventual encuentro con una pareja sucede algo similar.
Joshep E. LeDoux de la Universidad de New York ha descubierto, a través de imágenes funcionales cerebrales, que la amígdala se entera antes que nuestra conciencia (corteza) de los acontecimientos emocionales sensoriales, sea este episodio agradable o desagradable; es decir, sabe antes de emociones positivas o negativas que luego se graban en nuestro cerebro y quedan como una experiencia aprendida. Sin embargo, no puede decirse que solo la amígdala esté relacionada con el amor: existen otras partes del cerebro relacionadas con la sexualidad, conocidas como zonas anatómicas del sistema límbico, que plantearon la importancia de ciertas funciones en el deseo sexual. Se sabe que al estimular un área llamada «septal» (núcleo accumbens) aumenta la sexualidad en los animales. Actualmente a este sector se lo ha revalorizado pues no sólo se lo relaciona con la sexualidad sino también con la satisfacción que producía un evento que por sí. Es así como el juego, la adicciones y la sexualidad comparten zonas de recompensa donde el accumbens es un núcleo clave.
En todo el cerebro hay además un idioma del sistema nervioso constituido por sustancias como la dopamina. Esta sustancia se asocia al deseo normal, pero cuando se aplica puede producir un aumento de la sexualidad y de las compulsiones. Debemos saber también que en el ser humano la sexualidad está condicionada por la función racional y otras zonas corticales cerebrales que la condicionan y controlan. Así, existen zonas del lóbulo prefrontal (corteza orbitaria) que son francamente inhibitorios de la conducta amatoria y su lesión hace que un ser humano presente conductas interpersonales patológicas.
Por último, no se puede hablar del amor sin hablar unas palabras acerca de la infidelidad. En un estudio realizado con dos tipos de ratones se vio que los de pradera eran fieles a una sola pareja en toda su vida y los de montaña eran infieles y mantienen relaciones múltiples. Se observó una clara relación con dos hormonas (la vasopresina y ociticina) para la presencia de fidelidad ratonil, lo cual agrega un interesante indicador biológico pero inmerso en múltiples situaciones culturales y sociales que se agregan a la conducta intersubjetiva humana.
El amor se encuentra entonces entre dos grandes vectores opuestos que son la razón (corteza) y la emoción (subcorteza). En esta lucha es donde se encuentran nuestros pensamiento y nuestro alter ego emocional que nos enamora, a veces correctamente, pero a veces de la persona equivocada.
Ignacio Brusco*
*Neurólogo. Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.
Deja una respuesta