Cuando una persona se encuentra al borde de la muerte, algo acontece más allá del deterioro biológico. ¿Experimenta realmente la conciencia en ese instante final? ¿Es simplemente una desconexión progresiva de las redes neuronales o un tránsito hacia una dimensión que aún no comprendemos? Estas preguntas, tan viejas como la humanidad, encuentran hoy nuevas respuestas desde la neurociencia, la filosofía, la espiritualidad y la experiencia clínica.
El avance científico ha permitido explorar regiones cerebrales asociadas con la conciencia. Investigaciones recientes identifican una “zona caliente” parieto-temporo-occipital como el núcleo de las experiencias conscientes, más que los lóbulos frontales tradicionalmente considerados la sede del yo racional. Sin embargo, este foco posterior no responde por sí solo al enigma de por qué, justo antes de morir, algunas personas reportan experiencias de lucidez extrema, visiones, reencuentros o una indescriptible sensación de paz.
Los llamados experiencias cercanas a la muerte (ECM) —ver un túnel, flotar sobre el cuerpo, revivir momentos clave de la vida— han sido relatadas por personas de todas las edades, credos y culturas. Lo sorprendente es la coincidencia de sus descripciones. ¿Es esto producto del cerebro liberando DMT y otras sustancias alucinógenas en la agonía, como proponen algunos científicos? ¿O evidencia de una “supraconciencia”, como defiende el cirujano Manuel Sans Segarra, que cree en una energía que trasciende el cuerpo?
La conciencia ha sido objeto de distintas teorías. Una de las más influyentes es la del Espacio de Trabajo Neuronal Global (Dehaene, Changeux, Baars), que sostiene que la conciencia emerge cuando la información se vuelve globalmente accesible en el cerebro, como si un foco iluminara el escenario interno. Por otro lado, la Teoría de la Información Integrada (Tononi) propone que la conciencia depende de cuán irreducible e interconectada sea la información dentro de un sistema. Esta última ha logrado incluso cuantificar el nivel de conciencia con un índice llamado Φ (phi).
Un estudio pionero, conocido como “zap and zip”, realizado por Tononi y Massimini, midió el nivel de conciencia en pacientes dormidos, anestesiados o en estados alterados. Sorprendentemente, se demostró que algunos pacientes en estado vegetativo persistente —clínicamente desconectados del entorno— presentaban indicios de conciencia mínima. Es decir, podrían estar “despiertos por dentro”, sin posibilidad de comunicarlo. Koch los compara con astronautas aislados que escuchan desde el espacio sin poder responder. Se sabe así que en los estados mínimos de conciencia (ex estados mínimos de conciencia) existen procesos de conciencia muchos mas presentes de lo que anteriormente de pensaba.
Estos hallazgos cuestionan la vieja dicotomía entre estar vivo y estar consciente. El estado vegetativo persistente, hasta hace poco considerado sin contenido subjetivo, hoy se replantea como una forma de conciencia sin acción. Una mente encerrada en un cuerpo silente. No es casual que algunos pacientes, tiempo después, relaten haber escuchado conversaciones o percibido emociones, aún cuando los médicos los consideraban “ausentes”.
La neurociencia moderna avanza también hacia una visión corporizada de la conciencia. Ya no se la entiende solo como una función del cerebro, sino como un proceso integrado con el cuerpo. Investigaciones sobre la red SCAN (Somato-Cognitive Action Network) revelan que las áreas motoras del cerebro están intercaladas con regiones cognitivas y emocionales. Así, los gestos, el movimiento, el tacto y la postura no solo reflejan estados mentales: los generan.
Entonces, si el cuerpo forma parte integral de la conciencia, ¿qué ocurre cuando comienza a apagarse? ¿Desaparece esa unidad o migra, como postulan algunas tradiciones espirituales, hacia otra dimensión? Desde las primeras sepulturas humanas hasta los textos gnósticos o las limpiezas rituales, la humanidad ha sostenido que hay algo más allá. Llamémoslo alma, espíritu o supraconciencia, es una necesidad afectiva tan fuerte como difícil de desmontar racionalmente.
Y, sin embargo, también la ciencia reconoce que lo inexplicable no es sinónimo de inexistente. El filósofo Thomas Fuchs sostiene que la conciencia nace de la “autosensación corporal”, un flujo continuo de señales entre cuerpo y cerebro. En esta línea, experiencias como el tacto afectivo, la postura corporal y la propiocepción podrían ser esenciales para sostener la conciencia de realidad. En otras palabras: sin cuerpo, no hay yo.
Morir, entonces, no es solo el fin de las funciones vitales, sino el colapso de esa red integrada que da sentido al yo. Pero ¿es el fin de todo? La ciencia todavía no lo sabe. Puede medir niveles de actividad, pero no el contenido subjetivo de lo que se siente al morir. Y ese vacío lo sigue llenando la filosofía, la poesía, la religión.
Tal vez nunca sepamos si hay “vida después de la muerte”, pero sí podemos afirmar que hay conciencia durante la muerte, o al menos en su umbral. Y que esa conciencia —sea un último reflejo cerebral o un destello de otra cosa— merece ser reconocida, acompañada, no ignorada. Teorías más complejas sobre conciencia cuántica son dudosas, sobre-usadas, no comprobables, pero no descartadas.
Morir con conciencia, morir con sentido, tal vez sea el último acto cognitivo y quizás el más profundo y complejo.