El hombre piensa, aun cuando no tenga conciencia de ello.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel
De todas las funciones del cerebro humano puede que la conciencia sea la más compleja y a la quetodavía le queden muchos más misterios por develar. Porque, ¿qué es en verdad la conciencia? Es esta una pregunta de difícil respuesta. La conciencia es la del espacio que ocupamos, la del tiempo que vivenciamos, la de nosotros mismos y la de la finitud, que es comprender que poseemos un fin. Esta última ha marcado importantes preocupaciones filosóficas y científicas en el siglo pasado: entender que
morimos y lo que ello implica modifica decisiones que tomamos. Nos encontramos, luego, con otro gran problema: debemos usar nuestra propia conciencia para conocer la misma.
Por otro lado, si bien es posible que la delimitación de subtipos de conciencia sea forzada y arbitraria, tal vez encontremos en esta herramienta de categorización la única forma de clarificar nuestro pensamiento a la hora de encarar su análisis.
Desde un punto de vista neurológico, los fenómenos de conocimiento son mediados por zonas subcorticales (es decir, por zonas que se encuentran debajo de las corteza); principalmente por una estructura llamada tálamo (del griego «thalamus»: habitación), que es clave en el proceso de la conocimiento consciente. Esta estructura envía la información a través de un cablerío (denominado «vías») a las cortezas frontales de nuestro cerebro, las cuales nos otorgan la capacidad de abstraer. El
tálamo filtra la información sensorial y permite discriminar —a partir del aprendizaje social incorporado con el tiempo— qué información (interna o externa) es real y qué no, permitiendo generar la conciencia subjetiva acorde sobre uno mismo y sobre lo que nos rodea.
Científicos que investigaron sobre los mecanismos de la conciencia, como Rodolfo Llinás de la Universidad de Nueva York , comprendieron que los fenómenos de tálamos-corticales funcionan en forma de ciclos por segundo. Con un método complejo llamado «magnetoencefalgrafía» este último investigó sobre la funcionalidad de los sistemas cerebrales y la función de la conciencia y se observó que la misma opera como si estuviera compuesta por fotogramas, pareciendo nuestra conciencia una especie de película que pasa por nuestro pensamiento, tan velozmente como en el cine, generando neuroimágenes específicas para cada idea y diferentes en cada persona. En otras palabras, cada persona genera imágenes independientes para palabras específicas.
El control de esa ideación está relacionado con las emociones innatas, pero también se ve modificado por las emociones aprendidas, que informan a nuestro sistema nervioso, convergiendo en nuestros criterios de realidad. Es posible que una alteración de estos sistemas provoque síntomas que se asemejen a la psicosis o delirios, en donde se pierden nuestro juicio de lo real.
John C. Eccles, premio Nobel de fisología, terminó su carrera estudiando la evolución de la conciencia, pudiendo apreciar que dicha evolución se correlaciona con el aumento de tamaño de nuestro cerebro, pero además con el cuerpo en lo que hace a detreza, desarrollo de órganos fonatorios o bipedestación, entre otros factores, sin los cuales probablemente nuestra conciencia no hubiera podido alcanzar el grado de
madurez actual.
Y, si de fin hablamos, el surgimiento de la conciencia de la propia finitud es una de las características más importantes de este proceso evolutivo, posiblemente única en su complejidad (aunque existen autores que aceptan que algunos mamíferos tales como el elefante o el chimpancé también poseen una conciencia de
su final), la cual nos permite planificar y tomar decisiones anticipadamente pero, a su vez, otorga la causa central de nuestra angustia, como planteó Martin Heiddeger, pensador fundamental del siglo pasado. Esa conciencia de finitud presupone la de tiempo-espacio y la de uno mismo, conciencia que genera nuestros temores pero que al mismo tiempo puede ser la que motive nuestras ideas y acciones posteriores.
*Ignacio Brusco
Neurólogo. Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.
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