Cerebro y Lenguaje

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El lenguaje es el vestido de los pensamientos.
Samuel Johnson

El filósofo y lingüista escocés Lord Monboddo hizo, anticipando a Charles Darwin y a su teoría de la selección natural, un análisis histórico comparado de diferentes idiomas y propuso por primera vez pensar al lenguaje como una herramienta de supervivencia desarrollada por la especie humana con el fin de facilitar la vida comunitaria en los albores de la civilización. Ferdinand de Saussure, el suizo fundador de la semiología, definió en cambio al lenguaje como un sistema intersubjetivo de signos compuestos por el binomio indisoluble de significante y significado. Otros filósofos, entre ellos el notable alemán Ludwig Wittgenstein, prefirieron vincularlo con la realidad implicada en los procesos comunes del pensamiento, postulándolo como la manifestación directa del pensar. El problema fundamental es entonces entender de qué hablamos cuando hablamos de lenguaje. Como las teorías de las que disponemos difícilmente puedan alcanzar un carácter absoluto, tal vez en todas estas definiciones podamos encontrar cierto grado de verdad. Es posible pensar al lenguaje tanto como un instrumento quexpresa nuestras ideas así como un proceso mental previo o desligado de ellas.

Numerosos estudios de resonancias magnéticas funcionales presentan actividad localizada en las zonas cerebrales del lenguaje (área de Broca) al momento en que el sujeto analizado habla; pero esto cambia enormemente cuando a la persona intenta comprender y se pone a pensar lo que se le hace decir. Es entonces cuando se encienden más áreas de la corteza, de comprensión y cognitivas, siendo todas ellas parte de un mismo proceso. De esto se deduce que una cosa es expresar y comprender palabras y otra diferente son los procesos previos que las producen. Este acontecimiento cerebral es una de las premisas claves para comprender la capacidad intelectual del ser humano en comparación a la de otros animales, incluso frente a nuestro pariente vivo más cercano: el chimpancé, que comparte con nosotros el 99% de los genes. Sin embargo, esta “capacidad superior” no es tal desde el momento en que nacemos: estudios realizados en 1967 por Allen y Beatrix Gardner en la Universidad de Nevada muestran que, comparativamente, los chimpancés al año y medio pueden llegar a saber más palabras (a través de un idioma de señas) que cualquier ser humano de ese mismo tiempo de vida. Durante este estudio ocurrió además que por primera vez un ser vivo no humano logró aprender un lenguaje de señas: fue la chimpancé Washoe.

Luego de los veintiocho meses de vida, el humano desarrolla de forma intempestiva y repentina cientos de ideas semánticas que antes no poseía, probablemente como expresión de genes del lenguaje que se mantienen silenciosos hasta ese momento. Se entiende por eso que el humano nace mucho más “inmaduro” que el chimpancé, incluso en otras funciones como la motora, dado que pueden deambular mucho más temprano que nosotros. Es interesante destacar que, así como Kant sostenía que los conceptos de espacio, tiempo y causalidad nos son innatos, algunos filósofos de la mente sostienen que nacemos con pocas ideas semánticas y en el comienzo tendríamos sólo dos pares antagónicos fundamentales: lo lindo/feo y lo bueno/malo, que luego se transformarían en lo ético y en lo estético a través de la formación cultural y social del humano.

La información que vamos adquiriendo del medio social, como las palabras y sus significados, se acumula en proteínas que se van expresando en nuestras neuronas, cual disco rígido personal, conformando así nuestra subjetividad. Esto provoca a lo largo de la vida que, a partir de la toda la información adquirida, seamos una persona con una idiosincrasia única e irrepetible. De esto a la importancia  de que nuestras neuronas no mueran y se reproduzcan: si ellas cambiaran a diario como las células de la piel, todos los días seríamos una persona diferente y con un lenguaje distinto.

*  Por Luis Ignacio Brusco

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