El miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro.
Woody Allen
El miedo es una de las emociones o instintos presentes en todos los animales más complejos y el ser humano no es la excepción. Si pensamos en el miedo como un proceso defensivo de carácter instintivo, darwinianamente quien no lo hubiera tenido habría sido devorado por otros animales más agresivos. Lo beneficioso —evolutivamente hablando— es en este caso tener miedo para poder sobrevivir y dejar descendencia. Es indudable entonces que el miedo es un mecanismo normal y fisiológico de defensa que nos permite adecuarnos a diferentes situaciones, sean ambientales, sociales o individuales. Sin embargo, al igual que el dolor, el exceso del miedo puede ser perjudicial, tanto o más que la falta del mismo. Por ejemplo, el temor juega un papel sustancial en los trastornos de ansiedad.
Los miedos patológicos se enmarcan dentro de los trastornos de ansiedad y se llaman fobias, las cuales pueden ser simples (cuando el miedo es a un solo objeto) o generalizadas (cuando son muchos los objetos que la producen). Ellas son generadoras de problemas que pueden ir de menores a graves, creando dificultades sociales y de desarrollo en las personas. En un estudio comparativo realizado en el Instituto de Neuropsiquiatría Parc de Salut Mar (Barcelona) se vio que el aprendizaje del miedo está coordinado por diferentes regiones cerebrales distribuidas anatómicamente. Entre las zonas corticales encendidas se encuentran la corteza del cíngulo frontal y la ínsula.
Se conoce hoy que ciertas estructuras de la parte subcortical del cerebro, incluidas en lo que se llama el sistema límbico, producen miedo si se estimulan. Estas zonas están relacionadas con la sensación de temor e incluyen sectores que se «encienden» cuando acontece el miedo, usualmente en conjunto con una angustia muy importante. El neurólogo James Papez fue quien describió este fenómeno. Unas de las zonas mencionadas es la sustancia gris, ubicada alrededor del acueducto de Silvio, que se encuentra dentro del encéfalo y que en envía redes que van al sistema de alarma. Este sistema de lucha se dispara cuando encuentra una situación desconocida que le comunique peligro. Es entonces cuando se enciende la memoria emocional en la zona de la amígdala, produciendo la llamada «respuesta simpática autonómica»: una respuesta de hiperalerta, que es lo que percibimos en una situación peligrosa. Esto genera taquicardia, sudores, aumento de la respiración, entre otras sensaciones, pero además modifica la expresión facial («cara de terror») y aumenta la tensión en las mandíbulas en forma inconsciente, como una respuesta primitiva que seguramente han tenido nuestros antepasados.
Se ha realizado tomografía por emisión de positrones de cerebro (TEP) estudiando estos miedos y se ha visto encendida la amígdala dando señal de alarma, indicando que estamos en presencia de algo desconocido, aún en las crisis de pánico en las que no hay nada nuevo o extraño. Quien genera angustia durante las crisis de pánico confunde el entorno externo (objeto fobígeno) y le dice su sistema que está en peligro cuando en realidad no lo está. Es así que, por ejemplo, algunas personas disparan las reacciones de guerra sin la situación de guerra. De ahí lo imprevisible de la misma, lo cual a su vez hace que la persona desee estar acompañada para salir al exterior (agorafobia).
Aproximadamente un 15% de la población tendrá algún trastorno de ansiedad en algún momento de su vida (algunos de ellos graves) y los miedos son una de las bases de estos problemas ansiosos. Por eso, aunque debemos saber que el miedo es una función instintiva de defensa muy necesaria, pues «soldado que huye sirve para otra batalla», también debemos tener en cuenta que si el soldado está afectado por un trastorno y es demasiado cobarde no podrá pelear ninguna.
Ignacio Brusco*
*Neurólogo. Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.
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