El contacto social en la niñez

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«Las diferencias intelectuales brutales que hay en nosotros son el resultado de las diferencias brutales en los ambientes en que crecemos»
Glenn Doman

 

Mucho se ha dicho sobre la importancia de las salidas sociales de niños en esta pandemia. Constituyendo una de las excepciones acertadas en esta cuarentena, dado los consejos que imparten los especialistas en niñez.

Estos asesoramientos apuntan no sólo a evitar el mal humor infantil, el estrés familiar o los problemas educativos sociales, sino que el cerebro del niño se encuentra en constitución, especialmente el de los más pequeños.

De hecho, el estímulo social en los niños es clave para el correcto neurodesarrollo. No sólo de la cognición; sino de la maduración del yo, el  lenguaje y de la emocionalidad. Por ejemplo, el reconocimiento de las caras y sonidos es sustancial para la estimulación sensorial durante la maduración del sistema nervioso.

Durante el primer año de vida  la corteza cerebral crece un 88 por ciento, agregando redes  y sacando otras. De hecho el cerebro infantil es más pequeño pero con más neuronas que en el adulto. El tamaño pequeño se debe a la poca cantidad de redes, al tamaño celular así como el menor espacio interneuronal.

Ya a los dos años de edad el cerebro equivale al setenta por ciento del tamaño cerebral del adulto, es decir que el niño desarrolla gran parte del cerebro muy tempranamente. Aunque terminan de madurar a los treinta años. Siendo la especie que tiene la maduración cerebral más lenta y más etapas diferenciables de todas las especies. Probablemente por la complejidad intelectual adquirida por el homo sapiens.

En el momento del desarrollo infantil es sustancial no perder los estímulos sensoriales, cognitivos e interpersonales. El grupo de Ben Deen y Rebecca Saxe del Departamento de Cerebro y Ciencias Cognitivas del MIT (Massachusetts Institute of Technology)  investigo la respuesta cognitiva a estímulos de niños de aproximadamente 4 meses de edad, estudiados en los abrazos de sus propias madres; que eran en su mayoría investigadoras de ese mismo centro. Estudiaron en Resonancia Magnético Funcional del Cerebro la respuesta cerebral del niño y describieron que a esa edad  se encuentran en su mayor capacidad áreas específicas de la corteza para la observación de las caras. Nunca, incluso ya a los 6 meses se sustentaba tanta potencialidad para diferenciar rostros entre sí y de otros objetos.

Es decir el cerebro humano reconoce finamente un rostro con un sistema específico que se encuentra en el área parahipocampal, descripta por la neurocientífica Nancy Kanwisher también del MIT. Además en el mismo parahipocampo describieron zonas de reconocimiento espacial.  Estas zona se activan en el bebé, al igual que en el adulto; mostrando una  probable una especificad funcional innata;   en momento “esponja” del desarrollo cerebral con gran neuroplasticidad en niñez temprana.

Algo parecido sucede con el lenguaje, también con lugares específicos para comprender, expresar y ponerle tono al mismo. Se sabe que en el segundo semestre de vida se detenta el momento de mayor capacidad de detección de fonemas. Existen además estudios que muestran que es necesaria la cara de las personas en forma presencial, para que se aprenda el  lenguaje,  pues no se aprende igual con un video.

El ser humano es un ser macro-óptico en el que la visión es un sentido sustancial.

Entonces, el contacto visual, implica una intersubjetividad entre sistemas nerviosos humanos, dado que la retina es la única parte de este sistema que toma contacto con el exterior. Entonces el contacto social del niño cobra una impacto primordial, pues incorpora el aprendizaje espacial, temporal e intersubjetivo en un momento central de desarrollo humano.

Durante el periodo que va desde alumbramiento hasta los 8 meses de vida, el cerebro del niño está ávido de captar información visual. Un impedimento de la llegada de la información, como sucede con el bebé con cataratas congénitas, altera la etapa de maduración de la corteza visual. Aunque luego recupere la información visual, ya no podrá ver. Pues se le pasó su hora de ese aprendizaje

Una investigación de David Glanzman, de la Universidad de California, observó que la cantidad y ubicación de sinapsis pueden modificarse, pero quedan grabadas en el cuerpo de la neurona, sus proteínas y sus ácidos nucleicos. Pudiendo regenerarse a través de enzimas y proteínas con la información y ante un nuevo estímulo recuperar los datos.

El neurólogo Takao K. Hensch de la Universidad de Harvard observó que existen células que trabajan coordinando a las neuronas inmaduras. Estas se prenden o toman sincronía reguladas por el neurotransmisor inhibitorio GABA (Gamma amino butírico). Otras sin embargo no coordinadas se apagan y dejan de funcionar, hasta morir.

El niño entonces nace con más neuronas que el adulto pero algunas células deben desaparecer. Dependerá del estímulo externo y el momento del mismo para que esto suceda. Está células trabajan entonces con este neurotransmisor (GABA) que coordina la sincronización de las mismas. Absorben la nueva función y generarán más sinapsis entre ellas. Aunque las que quedan fuera del circuito no servirán más, por lo menos para esa función.

El cerebro del bebé se encuentra ávido de información. Sus neuronas se encuentran anárquicas, como en una clase donde todos los niños hablan y no aprenden. Entonces el profesor que ordena la clase son las neuronas gabaérgicas en cesto, una especie de director de orquesta. Así, las otras neuronas alumnas se coordinan y las que no, serán suspendidas y expulsadas del sistema. Existen tiempos en los ciclos de la vida específicos para recibir estímulos y madurar diferentes funciones. El de la niñez es de alta neuroplasticidad para el desarrollo de funciones claves. Dependerá de la genética individual, pero también del estímulo socio-ambiental de cuales neuronas vivan y cuales redes cerebrales se conformen.

Podemos colegir entonces tres importantes ideas, primero existen lugares específicos de  funciones  claves para la cognición, la emoción y la sociabilización,  como el reconocimiento de las caras, el espacio, la empatía y el lenguaje; todos fuertemente interrelacionados. Segundo,  hay momentos específicos,  muy tempranos,  en los que se requieren de mayor estimación. Tercero, es necesario el contacto directo para la correcta maduración cognitiva y emocional del niño.

 

Ignacio Brusco

@ignaciobrusco

Doctor en Medicina y  Filosofía. Prof. Titular UBA. CONICET