La propiedad como instinto

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La razón por la que los hombres entran en la sociedad es para preservar su propiedad.

                                                                                  John Locke

Muchos especialistas en conducta experimental plantean al pensamiento de propiedad como un instinto, que otorga la emoción y el razonamiento posterior de “lo mío y lo tuyo”. El concepto de propiedad sobre las cosas comienza muy temprano en los niños occidentales. Así, ya en la niñez temprana se incorpora generalmente un solo objeto como propio, especialmente como acompañamiento en el dormir. Algunos científicos plantean que, si bien ese concepto de lo «mío» existe, se encuentra emparentado a la educación para que los niños occidentales duerman solos desde muy pequeños. Esto, sin embargo, se observa mucho menos en otras culturas, por ejemplo, en Japón, donde en general los niños duermen con la madre hasta la media infancia, según un estudio del psiquiatra de New York, Mieko Hobara, presentándose un objeto de apego solo en el 38 por ciento de los niños.

Un problema con las cosas propias es que pueden generar un sesgo de valoración excesivo, que los especialistas en comportamiento económico denominan «dotación». La dotación es mucho más intensa en países occidentales donde predomina la individualidad, por lo cual es un fenómeno afectado por lo transcultural. Pareciera que el apego a ese objeto único aparecería entre el año y los tres años (generalmente para un solo objeto) para luego ir declinando; más tarde aparece una cantidad de cosas propias que constituyen nuestra propia dotación y también el conocimiento o la metacognición de la propiedad del otro. Los objetos propios se imbrican con nuestro yo ayudando a otorgarnos identidad, comenta el importante psicólogo y filósofo William James en su clásico libro «Principios de Psicología»: «El yo del hombre es la suma total de todo lo que puede decir que es suyo, no solo su cuerpo y sus habilidades psíquicas, también su ropa y su casa, su mujer e hijos, sus antepasados y amigos, su reputación y trabajos, sus tierras, sus caballos, su yate y su cuenta bancaria».

Pareciera que la propiedad constituye un instinto humano, donde los objetos son considerados como una especie de avatar y son sobrevalorados. Los primates más desarrollados podrían sentir también este proceso, pero solo con las comidas, no con herramientas que manejan como ramas o rocas.

El manejo de objetos por el Homo sapiens, sin embargo, extiende su identidad sobre una multiplicidad de objetos y cuanto más tiempo lo detenta, más lo considera y valora. Existe una etapa evolutiva llamada “revolución cognitiva”, de hace 80.000 años, cuando comenzamos la cultura humana moderna. Empezamos así a trabajar con huesos, láminas e instrumentos probablemente considerados como algo propio, y sobrevalorándolos. Se generaron así intercambios de productos de diferentes regiones como principio de comercio, la apropiación de territorios, el manejo de ornamentaciones como conchas marinas engarzadas y el manejo del ocre como pinturas rupestres geométricas, lo que marca una gran capacidad simbólica.

Como detectó el psicólogo Daniel Kahneman, premio nobel de economía, en un estudio realizado con simple tazas de café entregadas en la Universidad de Princeton, aquellos que más tiempo de contacto tenían con estas tazas las ofrecían más caras de lo que las comprarían en una prueba de negociación de ofertas. De esta manera se detectó el apego por lo propio y el mayor temor a perder lo propio que a comprar un objeto igual que posee como dotación.

Por otro lado, en muchos estudios de Resonancia Magnética nuclear funcional del Cerebro se prende el área de recompensa (núcleo accumbens) cuando detentan un objeto considerado como propio y, por otro lado, si se vende un objeto «dotación» por poco, se prende un área de desagrado que es la ínsula cerebral derecha.

La necesidad de propiedad sobre un objeto o terreno se encuentra implícita en animales y es más compleja en el humano. Se potencia el instinto gregario y el sedentarismo, especialmente a partir del desarrollo cognitivo que le otorga un plus a nuestro instinto de posesión. El sedentarismo irá agregando la necesidad de apropiarse del territorio, pues ya el humano comenzó a dedicarse a su tierra y ganados, pasando de ser cazador recolector a sedentario. Pero también generando procesos de guerra programada cuya existencia era prácticamente nula cuando nómade.

Existe un tipo de aves (los córvidos) que cuando esconden un gusano cazado por ellas (considerados de su propiedad), si son observadas por otro congénere, hacen que lo dejan en ese sitio, pero después vuelven para cambiarlo de lugar y no dejarse robar el mismo ni copiar. Muy diferente al ave que le enseña a sus crías a volar o a hacer el nido. Ambas situaciones, dejarse copiar o no, serían muy importantes para su supervivencia.

El instinto de propiedad, que también existe en los primates, ocupa entonces un lugar que nos construye el yo y nuestra identidad, pero con claras diferencias transculturales.

Ignacio Brusco