Educación e inteligencia

Escrito por

en

«Las personas inteligentes tienen un derecho sobre las ignorantes: el derecho a instruirlas«
Ralph Emerson

La definición de inteligencia es muy simple y compleja a la vez. Hasta el más lego entendería, en general, lo que tratamos de expresar cuando decimos «ser inteligente». Sin embargo, en las definiciones oficiales sobre inteligencia de la Real Academia Española o de las diferentes enciclopedias científicas y generales se implican una gran cantidad de posibilidades: abstracción, síntesis, aprendizaje, resolución de problemas, emoción, toma de decisiones etc. Se aplican en forma integrada al concepto de esta función clave del homo sapiens.

 Es relevante la posibilidad de expresarse mientras nos educamos, por lo que, si se consideran modalidades educativas frecuentes del aprendizaje basado en el castigo, en poblaciones de niños y adolescentes se generan grandes temores de comunicación. Es una población de por sí vulnerable y que está conociendo el lenguaje y su cognición social. Lo que sucede en la niñez y la adolescencia genera importantes impactos posteriores en el desempeño intelectual de las personas.

En una encuesta que realizó el emprendedor y comunicador Santiago Bilinkis, describió en una encuesta que los estudiantes mostraban una timidez desmedida con una clara dificultad consiguiente para expresar sus emociones, especialmente por temor e inseguridad.

La educación basada en la recompensa y en habilitar capacidades lingüísticas desarrollan la inteligencia y la felicidad de los educandos en forma mucho asertiva.

Existen muchas ideas sobre qué significa el concepto de inteligencia. Se acepta actualmente que es un término heterogéneo y que mezcla muchas funciones o, por lo menos, diferentes criterios. Se coincide en que es un producto de la genética modificada por el ambiente, pero que una vez construido el «castillo intelectual» es muy difícil mejorarla mucho más.  Existen estudios que estimulan la cognición normal, pero que en general no muestran un aumento del coeficiente intelectual.

Resulta entonces muy difícil modificar el intelecto. Sin embargo, sí puede mejorarse la performance cognitiva cuando se eleva la concepción de uno mismo, como estudió Carol Dweck de la Universidad de Stanford. Por ejemplo, cuando se mejora la autoimagen (e inversamente, cuando se empeora la autoestima) se genera una situación de peor desempeño cognitivo. Muestran estos estudios que, una vez construido el intelecto, es más fácilmente modificable por la emoción que por la razón.

Existen diferentes tipos de inteligencia que representan funciones variadas, pero contienen una coincidencia que las une, que es el llamado “factor g”, que hace que las diferentes pruebas de inteligencia puntúen similar cuando se evalúa una misma persona.

Sin duda son funciones claves en la evolución de la inteligencia la memoria, el pensamiento deductivo, las capacidades lingüísticas y la capacidad visuoespacial.

Puede pensarse así que existen diferentes tipos de inteligencia relacionadas con funciones estáticas: el conocimiento o las destrezas adquiridas y otras dinámicas, como la flexibilidad (capacidad para cambiar de función) y la velocidad de funcionamiento.

El conjunto de estas variables constituye el pensamiento inteligente y la toma decisión final: su aplicación. Tenemos estructuras cerebrales relacionadas con el funcionamiento inteligente; es así que el lóbulo prefrontal, que se desarrolla último en nuestra evolución, y al mismo tiempo termina tardíamente de mielinizarse (a los treinta años), es uno de los sectores más importantes.

Está zona está relacionada con el pensamiento abstracto: la inhibición, la flexibilidad y la atención; funciones centrales que hacen al intelecto de las personas.

Un concepto incorporado hace años por Daniel Goleman es el de la emoción aplicada a la inteligencia, concibiendo el término de «inteligencia emocional». Aunque discutido en algunos ámbitos, quedan pocas dudas de que tanto la empatía como el estado afectivo influyen en nuestra capacidad intelectual.

Es así que es una situación aceptada que casi todas las personas depresivas presentan alteraciones cognitivas, muchas veces significativas y que sin duda los trastornos emocionales afectan el desempeño social y laboral. Resulta difícil entonces que no se altere la inteligencia.

Hay estudios, no exentos de controversias, que miden la inteligencia de poblaciones en donde se observa que, en general, la mitad tiene un coeficiente de inteligencia medio. Sólo el 2,5 por ciento presentan menos inteligencia e igual porcentaje los superdotados. Estas investigaciones, sin embargo, fueron muy objetadas, dado que diferentes culturas priorizan diferentes procedimientos y no puede medirse con iguales pruebas a diferentes culturas.

El investigador James Flynn en su libro «Are we getting smarter?» plantea que actualmente se está incrementando el coeficiente de inteligencia medio, tendencia que sin embargo está siendo limitada en los últimos años (algunos plantean que por el avance tecnológico, otros porque estaríamos en el tope de la inteligencia).

Sea cual fuere la técnica, debemos saber que la inteligencia es consecuencia en parte de la genética, pero mucho más de la interacción con el medio ambiente, que implica los estímulos ambientales, la educación y por supuesto la alimentación de nuestros niños.

Existen momentos específicos y únicos para aprender diferentes funciones: en ese momento del ciclo vital detentamos la máxima capacidad, especialmente en la niñez y la adolescencia. Mientras nos educamos presentamos una óptima plasticidad genética y neurológica que va expresando proteínas y sinapsis que constituyen quienes somos. El niño nace con 2500 sinapsis aumentando a 18.000 a los seis meses. Esta arborización es clave para constituir las redes que conforman la función. En la desnutrición o en la falta de estímulo estas comunicaciones se observan claramente afectadas. Durante la niñez, el cerebro tiene más neuronas, pero menos conectadas: mucha más anarquía funcional.

Entonces, en poblaciones empobrecidas la correcta incorporación de alimentos es de suma importancia. Es decir, evitar la desnutrición debe ser una política de estado activa. Sin un estado eficiente y activo esto nunca se logrará: bajaríamos nuestro coeficiente intelectual poblacional, algo muy grave para un país que tiene mucho potencial y casi todo por hacer.

Ignacio Brusco
Doctor en medicina y doctor en filosofía.
Vicedecano. Facultad de Medicina.UBA